jueves, 3 de diciembre de 2015

Doña Esperanza

Me llaman Doña Esperanza, y digo me llaman porque me bautizaron como Isabelina pero ya desde muy niña andaba yo dando buenos augurios, y es que allí donde otros predecían siempre lo peor yo solo veía lo bueno.

—Esperancita hija, ¿tú crees que me va a salir novio? Me preguntaba la hija de la vecina, y allí donde su madre le decía que con esas carnes que se había echado encima se iba a quedar para vestir santos yo la miraba y le decía —Claro mujer, con lo guapa y lista que eres te vas a echar un novio alto y fuerte. Yo lo decía porque era lo que me salía: en parte por subirle el ánimo y en parte porque creía firmemente que le iba a ocurrir y lo mejor de todo es que le pasaba.

Se fue corriendo la voz y la gente venía a la mercería de mamá, le compraban algo y aprovechaban para preguntarme por ésto y aquello. O más bien me preguntaban por ésto y aquello y aprovechaban para comprarle algo a mamá. Cuando mamá murió me quedé con la tienda. La que me he quedado para vestir santos he sido yo, en parte porque a los hombres yo les asusto, en parte porque ellos me asustan a mí.

—Doña Esperanza, ay qué vergüenza con usted, no sé cómo preguntarle….
—Ven, siéntate, Juan. Y cogiéndole de la mano y mirándole a los ojos le digo —Tranquilo, te irás del pueblo, a alguna ciudad grande como Barcelona o Madrid, trabajarás de camarero mientras haces un curso de peluquería y después trabajarás en una peluquería y conocerás al amor de tu vida, adoptaréis un perro y seréis felices.

Y no sé cómo sé yo que van a pasar estas cosas pero el tiempo me ha ido dando siempre la razón. Me gusta leer libros y revistas de todo tipo, acabo de leer un artículo de unos magos que hipnotizan y hablan de la sugestión, me ha dado que pensar, creo que yo les sugestiono y por eso les pasan estas cosas, pero prefiero que piensen que tengo poderes, así me respetan más. En realidad soy como un dios, porque voy moldeando sus vidas. Me gusta esta sensación.

Hoy ha venido a la mercería la hija del carpintero, que tiene ya 12 años, me ha preguntado si alguna vez será feliz, le he dicho que tiene que ser fuerte, que aproveche para aprender el oficio, que igual que su padre estaba enseñando a su hermano mayor, que en paz descanse, que ella aprenda, que aunque las mujeres no sean carpinteras, que ella será carpintera, y muy buena, la mejor, que le pida a su padre que le enseñe, que si lo hace no solo será feliz ella sino que le hará muy feliz a él también. Me ha comprado un par de hebillas y se ha ido contenta.

Guardo muchos secretos, pero también tengo yo uno, he escrito un libro de pequeños relatos, no lo sabe nadie. He enviado un manuscrito a una editorial con el pseudónimo ‘Agustín Ramos’ y me acaban de contestar, están entusiasmados, me han propuesto firmar un contrato para publicar un relato corto cada semana, en la misma línea, empezarán publicando los que les he enviado uno a uno y quieren que siga enviándoles más. En esos relatos cojo cada buen augurio y lo convierto en malo, en las historias que escribo a los personajes les pasa siempre lo peor, soy malvada con ellos y cuanto más los maltrato mejores críticas reciben los textos. Y mis maltratos son directamente proporcionales a los futuros que les auguro en la realidad, por ejemplo Juan tiene ya 3 peluquerías en Barcelona, está casado con Pedro y tienen 3 dálmatas y en mi relato es un yonki maricón al que han dado ya 3 palizas y está a punto de morir de sida, un éxito todo, su vida y el relato.



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