sábado, 27 de junio de 2015

La condición humana

Carnavales en Trinidad. Año 2000.

Ya estamos a marzo y no nos hemos muerto.
Dentro de mil años la humanidad volverá a pensar incomprensiblemente que el 31 de diciembre se acabará el mundo, llegará enero del 3000 y seguirán vivos, suspiro y pienso: nada va a cambiar, la condición humana es así. Yo, por si los vaticinios de los pesimistas no se cumplían, había pedido vacaciones para visitar a mi amigo Rafa y compré el billete para ir a la isla de Trinidad en carnavales. Lo más barato era hacer un Madrid-Amsterdam, Amsterdam-Caracas, Caracas-Curaçao, Curaçao-Trinidad. Lo juro, eso era lo más barato, así que eso hago mañana.

La verdad es que estoy entusiasmada: conoces un poquito de cada país sin salir de la 'zona aire' y eso es perfectamente posible si uno se para a hablar con la gente que trabaja allí y observa su comportamiento. En Ámsterdam todos muy silenciosos y correctos, sonríen amablemente pero no te dejan pasar más allá. Compro un paraguas en forma de amapola. En Caracas la cosa cambia, algunos enfadados y otros alegres, emociones a flor de piel y a nada que rasques te dejan entrar en sus vidas; me hago "amiga" de una dependienta de tienda de ropa interior, es mi escala más larga, me da tiempo a saber que su marido tiene un par de amantes porque él es muy hombre y que ella tiene un 'querido', porque ella es muy guapa y 'sexy', y que le guarde el secreto pero que la lencería que ella vende les vuelve locos. Acabo comprando un bikini para la playa y un camisón negro de raso.

Mi siguiente parada es Curaçao ¡Dios mío! Qué ambiente más hostil, creo que soy la única blanca del aeropuerto y me lo hacen notar. Me empujan, me apartan de la cola, me miran por encima del hombro, no sucumben a mi sonrisa, me cuesta entenderlos, tanto en su inglés curazoleño como en su lenguaje corporal. Consigo entrar a empujones en un avioncito de hélices lleno hasta las trancas y llego a Trinidad donde me esperan mi amigo de la adolescencia y su novia japonesa.

Nos vamos al carnaval con sus amigos trinitenses, me sugieren que me ponga ropa y zapatos que no me importe manchar porque iremos a una zona donde hay varios puestos y en cada uno te van pintando con diferentes colores y materiales: en uno te pintan la cara, en otro las piernas, en otro los brazos, en otro el cuerpo... Y todo esto bañado en cerveza 'Carib' y a ritmo de soca y calypso bien pegaditos con movimientos de cadera sensuales.

Carnavales en Trinidad. Año 2000.

Me dan ganas de ir al baño y me indican que pida la llave en el bar, entro y me cuesta llegar a la barra, ya noto el mismo ambiente hostil de Curaçao, las mismas miradas por encima del hombro y al pedir la llave me dicen que NO, me miran de arriba a abajo y se dan la vuelta con rabia.

Yo me quedo en 'shock', todo se para alrededor, no oigo nada ni a nadie, solo un zumbido. Salgo y se lo digo a uno de mis nuevos amigos de Trinidad que entra conmigo y se la dan, se clavan en mí miradas de superioridad desde detrás de la barra. La escena me deja tocada, casi hundida, intento que no se me note y no es nada para lo que me espera el día de la vuelta en el aeropuerto de Curaçao donde me dejan literalmente tirada, ahí al menos ya no me sorprende.

Vuelvo sabiendo lo que siente un moro o un negro en la España que estoy viviendo o lo que sintieron las generaciones españolas que emigraron a Alemania, que todo se nos olvida. Una vez más suspiro y pienso: nada va a cambiar, la condición humana es así.

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