sábado, 31 de octubre de 2015

La desesperación. José de Espronceda

Son las 4.20am, a las y media pasa por casa de mi madre el servicio de transfer al aeropuerto de Barajas que he contratado. Salgo a la calle y evito que el chófer llame al telefonillo, estaba a punto. -Buenos días. -Buenos días, pase usted al asiento delantero conmigo si le parece porque vamos a recoger a una familia con un bebé y aquí irá más cómoda.

Y este hombre obeso de pelo grasiento, embutido en un traje de chaqueta atrapado en el yugo de una corbata extrafina y una halitosis galopante me cuenta, de camino a la siguiente recogida, que es amante de la poesía y me recita los primeros versos de 'La desesperación', de José de Espronceda. Me mira y se disculpa indicándome que hoy se ha levantado con este estado de ánimo, que está enfadado con la empresa que le contrata, que le prometió unas horas y hace muchas más y que por eso le ha venido a la mente este poema, me dice todo esto sin saber que me he enamorado de estos versos, que me ha dejado con la miel en la boca y al llegar al aeropuerto no puedo resistirlo, busco el poema completo y me gustan todas las estrofas, cada una por separado, y no se cuál me gusta más:

La desesperación

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas
la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!


Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello…
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

Autor: José de Espronceda (Almendralejo, 25 de marzo de 1808 - Madrid, 23 de mayo de 1842)