viernes, 17 de junio de 2016

Un sonido de la adolescencia: clink, clink, clink, clink

‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’, lo tengo grabado en mi memoria, ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’, como cubiertos que se baten en un asalto por acabar con la comida en el plato, el sonido del acero acariciando el acero, ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ solo que no es acero, sino hierro acariciando el hierro.  


Una tarde no, muchas tardes de invierno, frías, de esas en las que la noche llega durante el día para quedarse, salgo de casa de mis padres con mi enorme saca al hombro, todavía hay luz cuando entro en el metro y salgo quince minutos más tarde para caminar bajo las farolas. Me voy acercando por el pasillo y ahí está el ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’: El madrileño instituto Cardenal Cisneros me recibe con sus gigantes puertas de madera, pintadas de verde, abiertas; Bajo a las mazmorras del majestuoso edificio y recorro un pasillo largo, frío y lúgubre. Ahí, ahí empiezo a escuchar el ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’, ese ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ que acompañó las melodías de mi adolescencia, que tuvo a mis hormonas entretenidas en entrenamientos, campeonatos y calentamientos, que me ayudó a conocerme a mi misma y acompañó mi metamorfosis mientras otros jugaban a no hacer nada o a fumárselo todo o a bebérselo todo o a saltarse todas las barreras, que me ayudó a crecer entendiendo mi cuerpo como una herramienta para jugar y divertirme, que me enseñó a mostrarlo sin tapujos mientras que otros se escondían y se avergonzaban al mirar o al verse observados. 

Ese ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ acompañado de sudor, de esfuerzo, de lucha por mejorar, de ilusión por aprender, por entrenar, por trabajar, de la alegría de la celebración, de la superación de los fracasos, de los primeros porros, que me bajaban tanto la tensión que tuve que decidir rápidamente no fumarlos, de las primeras borracheras, que esas sí me sentaban bien, de los primeros encuentros y desencuentros. Muchos ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ muchas risas también, mucho sudor, esos fuegos artificiales que salen del cuerpo de un adolescente canalizados en ‘marchar’ ‘romper’ ‘salto alante’ y ‘a fondo’, la voz de mi maestro detrás de la careta, el olor del cuero en su pecho. Las luces y pitidos de los marcadores, la sala de armas. Los compañeros, los amigos, los viajes, las competiciones. Las risas otra vez, van pasando los años y las relaciones se enriquecen, se complican, se crean, se rompen, se transforman, se reencuentran, se complementan; todo alrededor del ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ que me ayudó a madurar y que me distrajo, que me acompañó por un camino de abertura a lo desconocido, de coqueteo con lo nuevo, me llevó de la mano a descubrir que puedo ser muy buena y también muy mala, me ayudó a desenvolverme en las relaciones sociales, algunas fáciles y otras difíciles algunas agradecidas y otras desagradecidas, me llevó de la mano y me soltó años más tarde para seguir mi camino sola con la certeza de que siempre que mirase hacia atrás oiría el ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ ‘clink’ como música de fondo. 

Y qué curioso, cuando estoy en un restaurante y escucho el sonido de los cubiertos batirse en el plato me paro y sonrío.

Foto: jccanalda.es

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