domingo, 25 de febrero de 2018

La zapatería

     Llevo ya tres días en Buenos Aires en casa de mi amiga Andrea, una mujer de cincuenta años, cinco más que yo, actriz. Hoy cenaremos con unos amigos de ella que han montado un grupo de música y están grabando un videoclip por las calles de la ciudad. Hemos quedado en un bar llamado Deseo.

     Un par de manzanas antes de llegar al Deseo nos los encontramos apoyados en el escaparate de una tienda: los  músicos (un guitarra, una cantante y otra con una pandereta) y otros tantos de producción (un cámara, un director y una regidora) todos treintañeros, alegres y modernos. 
     Nos saludamos con la emoción del que hace tiempo que no se ve (por Andrea) y del que le gusta conocer gente de otros países (por mí, la española visitante) Han estado rodando algunas escenas en la plaza de al lado.
     El escaparate donde nos hemos parado me llama la atención, la tienda cerrada está iluminada por dentro, es una zapatería, los zapatos parecen hechos a medida, de cuero repujado, artesanos, de hombre y como de bailar tango o de años veinte, la tienda muy ordenada, todo alineado, me ven mirar y se contagia la curiosidad en el grupo, los que están apoyados en el cristal se dan la vuelta y todos nos ponemos a observar el interior: sobresale la cabeza de un animal de caza colgada en una pared, con sus cuernos, imponente, de mirada asustada, suplicante.
     De pronto se abre la puerta de la tienda y sale un muchacho, nos sobresaltamos, casi se me sale el corazón del susto, de hecho doy un salto, literalmente; estábamos ensimismados, como atrapados por la tienda, encantados por una magia especial: 
     —¿Quieren algo?
     El director, buscador de escenarios, rápidamente contesta: 
     —Estamos grabando un videoclip ¿Podemos entrar a rodar uno de los temas en la zapatería?
     —Déjenme preguntar, en seguida vuelvo.
     Vuelve a cerrar la puerta con llave. La algarabía desaparece, la solemnidad del chico nos deja sin palabras. Es como si del interior hubiera salido una bocanada de aire gélido. Nos miramos. 
     —¿Qué ha pasado? 
     —¿Qué ha dicho? 
     —Uno ha salido y ha dicho que igual podemos grabar dentro.
     —Jajajaja, pues a mí la cabeza esa de ciervo me da como miedo, parece que te mira.
     No pasan ni 2 minutos y el chico abre la puerta de nuevo 
     —Entren. 
     Y entramos. Los músicos, sin perder un segundo, se ponen debajo del trofeo cornudo preparando su performance.
     De una trastienda empiezan a salir hombres, muchos, cada vez más, lo que era una tienda vacía se transforma en una fiesta after-hours con espectáculo en directo. Los hombres se sitúan detrás de los mostradores. Graban con sus móviles, sonríen. Son siniestros. Me fijo en ellos, tendrán unos sesenta y cinco años, diez arriba, diez abajo, son unos veinte, increíble ¿de dónde habrán salido? trato de evitar sus miradas sucias, me dan asco y miedo y no me han hecho nada. 
     La música que tocan tiene ritmo de rumba y a mí se me van los pies, me arranco a bailar y me meto en mi mundo, trato de aislarme del mal rollo que me transmite este público de sonrisa perversa. 
     Al terminar el tema nos felicitan y nos invitan a que volvamos los domingos por la mañana, que suelen abrir una botella de vino y hacen una pequeña cata, y así podemos conocernos mejor. Les damos las gracias y salimos a la calle, trashumantes, guitarra en mano, algarabía a todo volúmen. 
     Me quedo rezagada del grupo, miro para atrás, la tienda está cerrada, vacía de gente, la luz del escaparate contrasta con la noche, sus zapatos de cuero repujado alineados. Y el venado triste, solo, colgado. Silencio.



     Ya de vuelta en España, un mes más tarde, leo una noticia en el periódico: La policía, en una redada antidroga, halla los restos de cinco cadáveres en el sótano de una zapatería en Buenos Aires, así como instrumentos que apuntan a que utilizaban su piel para elaborar cuero repujado. Los ojos de uno de los cadáveres se habían utilizado para rellenar la cabeza disecada que decoraba una de las paredes de la tienda. Se ha detenido ya a tres personas pero se sospecha de más diez implicados en el asunto.
     Y en la foto de la noticia el escaparate con los zapatos alineados y la cabeza cornuda de mirada asustada en el interior.

la zapateria. pepadelosmares

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